Los fármacos antiobesidad no son Anfetaminas

Se debe considerar a la obesidad como una enfermedad crónica de causas heterogéneas, compleja y de difícil solución que requiere de un tratamiento integral a largo plazo o de por vida. La combinación de un plan alimentario hipocalórico con la práctica de ejercicio continua siendo la base de todo programa de reducción de peso, sin embargo estas opciones generalmente no producen una pérdida significativa o sostenible del peso corporal en el largo plazo. A pesar de los grandes avances en las técnicas quirúrgicas, en los cuidados y en el seguimiento en este tipo de intervenciones, los riesgos inherentes a todo procedimiento quirúrgico están presentes, por lo tanto estos procedimientos se reservan para los pacientes con obesidad severa o extrema.

El manejo farmacológico de la obesidad ha sido testigo de cambios significativos pero también ha experimentado el desarrollo de nuevos productos y propuestas de tratamiento. Los fármacos que se emplean para el tratamiento de esta enfermedad promueven la reducción de peso al inhibir el hambre, estimular la saciedad, disminuir la absorción de nutrimentos (por ejemplo, grasa), estimular la termogénesis y la lipólisis o una combinación de estas. Su eficacia debe evaluarse por su habilidad para reducir el peso y la grasa corporal, favorecer el adecuado control de las enfermedades relacionadas con la obesidad y mejorar la calidad de vida.

¿Por qué los fármacos antiobesidad mantienen una mala reputación?

Desde tiempo considerable, el tratamiento farmacológico de la obesidad ha sido visto como una opción terapéutica controversial y sujeto a críticas considerables. Esto se debe a numerosos factores entre los que se pueden destacar el mal uso de los fármacos disponibles, la generalización de la prescripción de los medicamentos, la comercialización abusiva de preparaciones galénicas y el fallo en reconocer a la obesidad como enfermedad y poderoso factor de riesgo para el desarrollo de otras enfermedades crónicas . Sin embargo, aceptar a la obesidad como enfermedad y reconocer las limitaciones del tratamiento no farmacológico (como dieta, ejercicio y modificación de la conducta), nos puede llevar a la inevitable conclusión de que se requiere un tratamiento farmacológico efectivo. Además, esta conclusión no sería inusual debido a su semejanza con el tratamiento de otras enfermedades crónicas, como la diabetes y la hipertensión, donde se requiere la intervención farmacológica para su control a largo plazo.

Por otra parte, el amplio espectro del peso corporal que va desde enfermedad seria (obesidad), riesgo médico (sobrepeso), peso sano (normal) y bajo peso (delgadez) lo hace susceptible a la presión social (moda) y el deseo de tan solo un cambio cosmético. El uso de estos fármacos para “tratar” personas que medicamente no se beneficiarían de la pérdida de peso, subestima claramente el valor del mismo fármaco cuando éste es utilizado como coadyuvante del tratamiento en personas con obesidad.

¿Los fármacos antiobesidad son anfetaminas?

Erróneamente se ha generalizado el término de “parecido o semejante a anfetamina” para referirse a los fármacos antiobesidad. Sin embargo, estos fármacos son en realidad derivados de la B-feniletilamina los cuales, si bien es cierto, pueden compartir una semejanza estructural con la anfetamina pero las modificaciones hechas en su estructura disminuyen la estimulación en el sistema nervioso central pero mantienen el efecto de inhibición del hambre o anorexigénico. De esta manera el riesgo potencial de crear adicción o dependencia disminuye considerablemente.

Pero en realidad, ¿qué es la anfetamina?

Las anfetaminas son estimulantes del sistema nervioso central que producen mayor lucidez,excitación, energía, actividad motora y del habla, mayor confianza en uno mismo y capacidad de concentración, sensación general de bienestar y disminución del hambre. Fue descubierta en 1910 (Barger & Dale) pero se sintetizó hasta 1927 por el químico G.A. Alles, mientras estaba buscando un sustituto de la efedrina (una opción menos costosa y más fácil de sintetizar). Se introdujo en el mercado en 1935 para el tratamiento de la narcolepsia (problema del sistema nervioso que causa somnolencia extrema y ataques de sueño durante el día). En 1937 se reportaron los efectos benéficos de la anfetamina en el tratamiento de problemas conductuales severos en niños, lo que ahora se conoce como trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH). Las propiedades de la anfetamina para mejorar los procesos mentales implicados en el conocimiento, fueron rápidamente reconocidos en reportes donde se encontraba una mejoría en las pruebas de inteligencia, extendiéndose su uso para reducir el estrés, mejorar la concentración y el rendimiento intelectual por académicos, estudiantes y profesionales de la medicina.

Este compuesto también se utilizó ampliamente por los soldados del servicio Británico y Americano en la segunda guerra mundial, estimándose que se habían suministrado cerca de 150 millones de tabletas con este compuesto (Benzedrine) durante el conflicto bélico.

En la actualidad, ¿la anfetamina tiene algún uso terapéutico?

Como ya se mencionó, en 1937 se descubrieron los efectos de las anfetaminas sobre la hiperactividad psicomotriz. Actualmente la anfetamina no está disponible para su uso terapéutico en nuestro país (TDAH sin y con comorbilidad, narcolepsia, apatía e impulsividad debido a una condición médica general). En su lugar, otros fármacos estimulantes (como el metilfenidato, bupropión, modadfinil, etc) se pueden adquirir para uso clínico en la infancia, adolescencia y edad adulta.

La consideración de que el uso de estos productos constituye un factor de riesgo para generar dependencia o abuso de los mismos, ha planteado a lo largo del tiempo preocupaciones sin duda genuinas, pero desafortunadamente también ha dado lugar a mitos basados más en hechos anecdóticos que científicos.

Lo más preocupante es que la “desinformación”proviene de fuentes no oficiales, pero que se difunden en medios de comunicación de gran penetración social.

Los efectos adversos que se pueden presentar al emplear estos compuestos se resuelven, lamayoría de las veces, con ajustes de dosis y horarios de administración. Asimismo, pese a todas las opiniones encontradas, por el momento no hay evidencia del desarrollo de tolerancia o dependencia a estos productos así como también no hay estudios que concluyan que el uso de estimulantes en niños y adolescentes para tratar el TDAH, genera adicción a corto o largo plazo.

Consideraciones claves para el uso racional de fármacos antiobesidad

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    1. El tratamiento farmacológico sólo se justifica cuando se combina con plan alimentario y modificaciones en el estilo de vida. Todos los agentes farmacológicos impulsan la adherencia por parte de los pacientes, a las modificaciones alimentarias y de conducta
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    2. El tratamiento farmacológico no cura la obesidad.
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    3. Los fármacos antiobesidad deben ser usados bajo continua supervisión médica
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    4. El tratamiento y el fármaco de elección deben ser individualizados, considerando los aspectos clínicos y psicosociales del paciente y su entorno.
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    5. El tratamiento con fármacos deberá iniciarse solo cuando sea considerado seguro y efectivo para el paciente

Comentarios finales

La obesidad afecta en casi todos los aspectos de la vida. El tratamiento adecuado y oportuno ofrecerá múltiples beneficios a la salud. El uso de fármacos antiobesidad está justificado cuando este se administra en asociación a las modificaciones en el estilo de vida.

No existe un medicamento que se deba recomendar de manera general o rutinaria. Esta prescripción debe ser el resultado de una extensa evaluación del individuo donde el beneficio del fármaco supere el riesgo de su uso.

Es importante enfatizar que ningún medicamento está exento de eventos adversos. Además se debe entender que la variabilidad de la respuesta a la pérdida de peso con los diferentes medicamentos, está influenciado por el apego al mismo y por las diferencias interindividuales.

Preguntarse ¿qué sería mejor? que el individuo con obesidad tome un fármaco como coadyuvante (bajo supervisión médica) y se le facilite la meta de reducir un 10% de su peso o que no tome fármaco y continúe con ese 10% de exceso de peso, sería una forma simple de demostrar la lógica del tratamiento farmacológico.

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Los fármacos antiobesidad no son Anfetaminas
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Erróneamente se ha generalizado el término de “parecido o semejante a anfetamina” para referirse a los fármacos antiobesidad. Sin embargo, estos fármacos son en realidad derivados de la B-feniletilamina los cuales, pueden compartir una semejanza estructural con la anfetamina pero las modificaciones hechas en su estructura disminuyen la estimulación en el sistema nervioso central pero mantienen el efecto de inhibición del hambre o anorexigénico. De esta manera el riesgo potencial de crear adicción o dependencia disminuye considerablemente.
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Todo plan de reducción de peso deberá ser evaluado y aprobado por un profesional de la salud, consulte a su médico. La información de esta sección es con fines orientativos.